entre La ParoDia y La extravagancia

Con la autorización de Editorial Almadía, compartimos con los lectores un capítulo de Una autobiografía soterrada, una memoria-ensayo de Sergio Pitol en el que da cuenta de los viajes y los autores que contribuyeron en la construcción de su literatura.

 

 

Hace cuarenta años, en octubre de 1965, precisamente, el editor Rafael Giménez Siles me invitó a participar en una nueva colección, unos pequeños libros autobiográficos de algunos escritores mexicanos de la nueva generación: la mayoría habíamos nacido en los primeros años de la tercera década del siglo pasado: Juan García Ponce, Salvador Elizondo, Vicente Leñero, Juan Vicente Melo, Carlos Monsiváis, y otros dos posteriores a la nuestra: José Agustín y Gustavo Sainz, el primero nacido en 1944 y el segundo, en 1940. Todos ellos habían publicado varias obras, hasta los dos últimos, jovencísimos, tenían en librerías dos novelas. Monsiváis acababa de publicar su Antología de la poesía contemporánea mexicana, su primer libro, pero él era ampliamente conocido por un programa de cine en Radio Universidad, y una cantidad de crónicas, reseñas, artículos literarios y políticos en los mejores su- plementos y revistas. En cambio, yo era un absoluto desconocido en el medio literario, que durante varios años trabajó en editoriales oscuras. Cuando me embarqué a Europa en 1961 lo único que había publicado era un par de cuentos en los Cuadernos del Unicornio que dirigía Juan José Arreola, y un pequeño libro, también de cuentos, Tiempo cercado, con un tiraje de doscientos ejemplares, editado por José de la Colina, quien trataba de crear una colección de la nueva literatura moderna mexicana, con el nombre de La Aventura y el Orden. Los esfuerzos de De la Colina se estrellaron con las finanzas. Él y yo tuvimos que pagar la impresión y la encuadernación. El librito no tuvo distribución, salvo algunos ejemplares que llevamos a la librería Zaplana. Todos los demás los regalamos a mis amigos. Me ha sorprendido que en algunas ciudades del interior algunos señores de mi edad se me acercan para que les firme esa reliquia que no sé cómo pudieron adquirir. Mi siguiente libro, Infierno de todos, se publicó en 1965 en la Editorial de la Universidad Veracruzana, seis años después del anterior, un tramo largo para la obra de un joven.

Cuando me llegó la invitación de Giménez Siles a incorporarme a esa colección de biografías precoces aún no se había publicado Infierno de todos. Me pareció una broma proponerme escribir una autobiografía con una obra escasísima, sin lectores, ni críticos. Además, era absolutamente consciente de que estaba aún en un periodo de aprendizaje, en busca de una forma literaria propia. En esa época vivía yo en Varsovia y en la literatura polaca, las de Europa Central y los clásicos españoles del Siglo de Oro descubría más estímulos que en las novedades de las grandes metrópolis. Ya en los primeros días de llegar a Varsovia había concebido un cuento, “Hacia Varsovia”. Fue un salto para romper las barreras que aún me encerraban.

Mi amigo Juan Manuel Torres, autor de cuentos excelentes, estudiaba cine en Polonia, me convenció a aceptar la proposición de relatar mi autobiografía. Lo hice aceleradamente. Al leerla en letra de imprenta me disgustó, y cuando alguna vez la releí lo que sentí fue tedio y hasta malestar. En varias ocasiones después algunos editores me han pedido publicarla y siempre me negué. En ese pequeño libro no encuentro emoción, nada de placer. Sobre todo, detecté que mi estilo dio un paso atrás, en él no hay tensión, ni elegancia, ni levedad, sino sequedad y grisura. Ahora, en este cuarto volumen de mis Obras Reunidas, la presento como un prólogo de otros dos libros donde cuento otros trozos de mi vida, El arte de la fuga y El viaje. En ellos sentí al fin el espacio al que aspiraba. Escribí El arte de la fuga y El viaje con un placer infinito. Cuando lo hacía no pensaba en otra cosa. Aunque algún texto se acercara a la tragedia, el conjunto lo concibo como una celebración de la vida.

En una ocasión, poco después de instalarme en Xalapa, encontré en un cajón de mi escritorio algunos artículos, ensayos, textos de conferencias y otros papeles. Decidí reunir los que más me interesaban para organizar un libro de ensayos. Añadiría unos cuantos más para trazar puentes entre ellos a fin de que el libro tuviera unidad. Escribí entonces la crónica de una sesión de hipnosis ocurrida tres años antes con el doctor Federico Pérez del Castillo, psicólogo e hipnotista. Juan Villoro, que era entonces cuñado suyo, me había dicho que hacía milagros, que había roto la parálisis creativa de algunos escritores que desde largo tiempo no habían podido seguir sus tareas literarias. En aquellos días yo escribía una novela sobre una famosa enanita trapecista, que había pasado por varias manos desde su nacimiento hasta llegar a ser la estrella más importante de un circo internacional. Al pasar por México el circo, una dama de la más alta sociedad, esposa de un banquero, muy cercano al presidente de la República (no me decidía yo por Manuel González o Porfirio Díaz) la reconoce o cree reconocer como hija, una hija bastarda, y deseó adoptarla, después de muchos años de haberla buscado por miles de rincones. Tenía yo muchas notas y también muchas dudas, tantas, que no podía seguir la trama. Fui a Guadalajara para que el hipnotista me quitara el vicio del tabaco, y también (sobre todo eso) que me abriera caminos para continuar con la novela. ¿Se quedará la trapecista a vivir en México con su madre, que tanto la había buscado? ¿Envenenaría la mujer a su esposo, para que nunca se descubriera su pecado en aquella larga estancia de su hacienda en Yucatán? ¿Seguiría al circo la dama distinguida, tal vez como sirvienta de su hija? Posiblemente desobedecí las instrucciones del hipnotista, y me perdí en un laberinto hasta llegar a un espacio atroz: el terror de ver a mi madre ahogada en un río a mis cuatro años. Salí de la hipnosis sin descubrir los enigmas y soluciones de la novela y sin abandonar el tabaco, pero llegando al hotel percibí en  mí un cambio extraordinario. En la noche, ya en cama, se afirmó una metamorfosis; muchas cosas se me volvieron coherentes y explicables: toda mi vida no había sido sino una perpetua fuga del terror vislumbrado en mis cuatro años. El experimento fue indeciblemente doloroso, pero marcó en mi vida un definitivo parteaguas.

Hice, pues, un texto del experimento de la hipnosis años después. Al escribirlo volvió el dolor, casi tanto como lo sentí en Guadalajara. Cuando terminé advertí que era bastante excéntrico colocar ese texto entre unos ensayos académicos. A éstos paulatinamente los fui desechando y cambiando por nuevos capítulos diferentes, leves y celebratorios. El resultado fue una autobiografía elíptica, cordial y de cierta manera extravagante. Distribuí el libro en Memoria, Escritura y Lectura, y le añadí un testimonio de los acontecimientos de la sublevación de los zapatistas en Chiapas. En esta fuga de géneros literarios casi todos los ensayos se imbrican con algún relato. El ensayo y la narración se unifican.

Uno de los lemas más entrañables de los alquimistas es “Todo está en todo”. En mis obras anteriores tuve tentaciones de poner a mi escritura a la sombra de ese lema, pero sólo en El arte de la fuga logré realizarlo. En El viaje este procedimiento es más radical; el libro es un testimonio de amor a la literatura rusa, una crónica de un viaje a Georgia en la época de la Perestroika, invita- do por la Asociación de Escritores Georgianos, las dificultades que me pusieron los burócratas ortodoxos de Moscú, enemigos encarnizados de la transformación que se sucedía en la Unión Soviética. El viaje incluye sueños fantásticos, rasgos biográficos de escritores eminentes: Nicolás Gogol y Marina Tsvietáieva, miseria moral y política, tonos dolorosos, pero también radiantes. La dinámica que mueve las piezas de El viaje es la parodia y la extravagancia.

 

 

Categoría: Letras Invitadas

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