Discurso de recepción del Premio Nacional de Periodismo Filey. Miguel de la Cruz

Este reconocimiento significa emoción, emoción que tiene raíces 30 años atrás.

La mañana de un sábado reciente, vibró el celular un par de horas después de despertarme. Sin saberlo estaba en el inicio de una larga lista de felicitaciones que quizá ni la suma de las que he recibido en 52 cumpleaños podría superar.

El anuncio del Premio ha disparado la emoción en distintas direcciones, no sólo en mí sino en quienes me rodean; varios de mis compañeros camarógrafos en Canal Once, a manera de bullying inofensivo, hablaban de mí como si yo no estuviera, “anda insoportable”, decían, “desde que es Premio Nacional de Periodismo ya ni nos habla”, algun otro me ha dicho: “te bajas de tu ladrillo, Miguel de la Cruz, mucho Premio pero no eres más que un reportero”.

La broma nos ha hecho reír juntos, como aquí, donde en muchos momentos entre colegas reporteras y reporteros sustituyeron mi nombre por el de “El Premiado”.

Mi profundo agradecimiento a la Universidad Autónoma de Yucatán, al jurado, a la Feria y a todos los que directa o indirectamente han contribuido a que yo esté aquí; además de todas las personas que generosamente me han felicitado. Provocar una emoción tan particular como esta, hace que cualquier agradecimiento quede corto, porque la emoción nos ayuda a vivir mejor.

Y para eso sirve la cultura. No es sinónimo de Bellas Artes y sí un término que funciona más como verbo que como sustantivo. La Real Academia de la Lengua Española incluye el verbo cultura y aunque suena endemoniadamente extraño es absolutamente correcto conjugar: yo culturo, tu culturas, el cultura. Si a mis hijos les preguntan “¿a qué se dedica tu papá? y ellos dicen “al cultura”, alguien podrá pensar que hablan como apaches, pero están en lo correcto.

De acuerdo con las raíces etimológicas de la palabra que presenta casi imperceptibles modificaciones en distintos idiomas, inglés, francés y alemán, tiene relación directa con “el cuidado de”, “la procuración de”. Una idea adecuada para que la mención de cultura nos abra un panorama que está muy cerrado.

Todo ser humano está vivo por la cultura, porque se procura el cuidado de sí mismo, y lo que nos hace procurarnos y mantenernos vivos es el acto de satisfacer nuestras necesidades.

Recuerdo la enseñanza de un maestro de biología que decía: “Te hagas hacia donde te hagas, para vivir requieres satisfacer cuatro necesidades y el lugar donde habitamos está diseñado en esencia para eso, en el hogar tenemos cocina y comedor, para la preparación e ingesta de alimentos, recámara con cama y almohada para el retozo y el descanso, y baño para desprenderse de lo no requerido”.

Es decir, que la cultura es el proceso para satisfacer necesidades. Muy lejano de esta idea está quién piensa que culto es aquel que sabe de arte, es pero no sólo eso es ser culto.

Con el tiempo he entendido que la necesidad de emocionarse también es básica, como la necesidad de pensar, aunque es una necesidad que no se anuncia como el hambre, el cansancio o el deseo; no duele, quizá sólo incomode o provoque una sensación extraña. Para vivir necesitamos del alimento, del descanso, del placer sexual y de la purificación física. Para vivir mejor o para satisfacer mejor esas necesidades, requerimos emocionarnos.

Una forma de reconocer la necesidad de emocionarse es ubicar en la memoria el momento en que decidimos asistir al cine o al teatro. Vamos para emocionarnos, por eso escuchamos música, por eso nos contamos chistes, quizá cada vez menos; ahora la necesidad de hilaridad se satisface con memes. La red es un gran proveedor de emociones, ahí está el motivo del enojo, la risa, ciertas reflexiones, el miedo, la indignación.

Además de la emoción que implica recibir este premio y que tanto agradezco, ha sido motivo de recuento y reflexión.

Cinco líneas sintetizan los argumentos que hicieron decidir al jurado y provocarme una de las alegrías más gozosas de las que tengo memoria. “Por la batalla que desde hace treinta años ha librado en la televisión en pro de un periodismo cultural de excelencia”.

La palabra batalla nunca mejor utilizada.

Mucha gente que me reconoce en la calle me dice: “yo quiero su chamba, usted se la pasa en exposiciones, en conciertos, en el teatro y además viajando”. Claro, imposible negarlo, como tampoco puedo negar que no todo ha sido miel sobre hojuelas.

Tengo tanto que agradecer a mi familia por el tiempo que les he arrebatado y por el tiempo que he compartido a mi esposa, mi hijo, mi hija, mi madre y mis hermanos. Mi padre oportunamente en vida, estuvo enterado.

Sirvan de ejemplo del tiempo insuficiente para familia y trabajo, dos apuntes que aún desde su infancia alguna vez me hizo mi hijo Alan, en una ocasión le dije: “saldré de viaje” y él me comentó: “¿otro cumpleaños mío no vas a estar aquí?” Tenía razón, ya llevaba tres cumpleaños sin estar con él. En otra ocasión me preguntó: “¿y ahora a dónde vas de viaje?” Le dije: “a Monterrey”; con cierta malicia expuesta en un esbozo de sonrisa dijo: “vas tanto a Monterrey que allá has de tener otra familia”. Entendí su broma, por lo que con una sonrisa similar a la de él le dije: “sií, a ver cuándo vas para presentarte a tus hermanos”.

Difícil elegir qué, de 30 años de trabajo pudiera contar, por eso elegí tres momentos fundamentales: El inicio, el transcurso y el presente.

EL INICIO

Llegué a Canal Once una tarde de la cuarta semana de noviembre de 1989, consciente de que ingresaba a un medio gubernamental infinitamente alejado de los estratosféricos costos, gastos y beneficios del estándar comercial.

Recuerdo que un editor fue por mí a la recepción para conducirme a la oficina del noticiario Hoy en la cultura, instalada en el segundo piso de un edificio anexo, al que se llegaba agotando la distancia del pasillo principal y la de un corredor al fondo.

El aspecto prístino de las paredes blancas y el brillo de los mosaicos del piso, me hicieron suponer que estaba ante un espacio recientemente remodelado y pensé que, quizá, al pasar algunos meses, podría ver el mismo espacio desgastado. El pasillo sigue así, jamás lo he visto deteriorado. 30 años separan al presente de aquel primer contacto.

Aunque entré con los arrestos que me dio el título de Licenciado en Comunicación egresado de la Universidad Autónoma Metropolitana, la verdad más absoluta es que aquí aprendí a hacer lo que sé hacer y a ser quien soy.

En aquel entonces un orgullo personal se sumaba a mi equipaje al llegar a Canal Once, poseer certificado de locución o lo que algunos identificaban como “la licencia de locutor”, documento que se obtenía tras tortuosos exámenes que muchos no aprobaban y era condición indispensable para desempeñar profesionalmente la función de locutor.

Recién egresado de la carrera fui a probar suerte como locutor a la estación del Grupo Acir de Celaya, Guanajuato, luego atendí un llamado del Grupo Antonio Contreras en Irapuato, la paga era tan poca que después de cubrir la renta de una recámara, dispondría de 5 pesos al día para desayunar, comer y cenar. La estrechez prevista y la lejanía de mi casa y mi familia, impulsaron el retorno.

Mi incipiente posibilidad de comenzar como locutor en radio se desvaneció. Vi de cerca el ejercicio profesional del comunicador, actividad que me atrajo, probablemente, desde los años en que cursé el bachillerato en el Colegio de Ciencias y Humanidades de Naucalpan ¿Por qué razón? No lo sé, pero quizá no haya que buscar mucho, estoy seguro que entonces como ahora disfrutaba la posibilidad del placer de decir contenido útil para quien lo escucha.

TRANSCURSO

El camino desplegado ante mí en Canal Once, me ha llevado por las rutas del periodismo, principalmente en el terreno cultural, aunque la información general no me es ajena. Desde luego ha habido posibilidades de hacer locución, durante cuatro años fui voz institucional de esta emisora.

Hace años intenté, sin dejar la televisión, hacer radio con contenidos que conozco, logré hacer un programa semanal con algunas intermitencias hasta que finalmente el proyecto concluyó. Mantengo la esperanza del gran retorno, sobre todo porque estoy convencido de la rotunda necesidad de un espacio informativo radiofónico acerca de las cosas que ayudan a satisfacer necesidades intelectuales y emotivas, además de las físicas, siempre será urgente por la utilidad que representa.

Hace un par de años, Javier Solórzano me invitó a hacer cada jueves una sección de cultura en su programa de radio, ahora además pasa por cable e internet; es de los grandes placeres de la semana, cuestión que le he agradecido personal y públicamente y lo seguiré haciendo. Me abrió una puerta con una actitud gratamente generosa.

Aquí cabe el paréntesis, he de destacar que mucho tiene que ver en el fortalecimiento de mi trayectoria la presencia de Javier Solorzano en Canal Once y su sensibilidad para abrir tanto como es posible el espacio para cultura dentro del noticiario matutino.

Justo es agradecer a Ximena Saldaña directora de Canal Once, su anuencia para que yo pueda hacer lo que sé hacer. Ese es un premio todos los días. Muchas, muchas gracias.

Y desde luego el apoyo constante de Luis Eduardo Garzón, coordinador de esta emisora que con tanto o más entusiasmo que el mio ha sido fundamental en la apertura del Club de Lectura, LeoConOnce, tan solo por mencionar un ejemplo.

PRESENTE

En los últimos años me he interesado en pensar la cultura, busco una definición contundente tan necesaria para todos, busco apartar la maleza que la obstruye para descubrir con palabras claras, para qué sirve la cultura. Me entusiasma visualizar el periodismo cultural pletórico de imágenes y palabras con un lenguaje resonante, contundente y claro que ofrezca información no sólo acerca de lo qué hay en cultura sino para qué sirve.

Muchas cosas han pasado en 30 años, el común denominador: aprendizaje.

Cuánto me encantaría que tras tres décadas en una institución no fuera freelance, el filón de las nuevas formas de administración me alcanzó y es una realidad que se da en muchas partes.

Seguiré confiando en la frase que el padre de un amigo me compartió: “Las mejores cosas son las que suceden” y la cultura para mí vino a suceder; que sea para bien.

MUCHAS GRACIAS.

Miguel de la Cruz.

Mérida, Yucatán.

Marzo 2018.

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