Literatura y crónica.

Durante la conferencia inaugural del Encuentro de Periodismo Cultural Latinoamericano que se realizó el 6 y 7 noviembre, en la Feria Internacional del Libro Oaxaca 2017, Fabrizio Mejía Madrid habló de la literatura como un arte que narra la vida.

No hay nada en la literatura que pueda validarse como “puro”: está hecha de un material, el lenguaje, cuya existencia depende de la mezcla y los malentendidos; proviene de historias ya antes contadas -es homenaje y parodia, a la vez– o a la alusión de formas utilizadas por muchos otros; en incluye en su posibilidad a cuatro entes fantasmales: un autor, un narrador, el lector absorto y, después, a un nuevo autor de las palabras asumidas. Durante muchos siglos se intentó darle “pureza” a lo escrito con métricas establecidas, personajes dignos de ser narrador, situaciones “elevadas” que ameritaban el laurel de la posteridad. Pero las ansias de reglamentarla estallaron muy pronto: la literatura circula sin destinatarios específicos ni reglas magisteriales; es inapropiada, prosaica y libre. Basta recordar aquella escena de La odisea en que Ulises está en un banquete y escucha de un comensal su propia historia, ya exagerada o banal. La reacción de Ulises es llorar como se hace cuando se constata que lo adulterado reside en la sustancia misma de lo narrado. Le fue arrancada su aventura hasta Itaca para que otros pudieran apreciarla de la única forma que existe: refractada. Pero no hay que irse hasta la isla de los comedores de loto. Uno de los últimos en procurar algún tipo de “pureza” literaria fue Borges. Su canon de infusiones equivale a ponderar como mejores los textos en que forma y contenido se corresponden a al grado que casi son mitos. La “pureza” de Borges sólo puede existir en un mundo donde no hay cosas ni gente, sino puros “estados de los sueños. El problema es que puedan ser sueños que nadie más puede soñar.

Vida de los poetas

Me pregunto si el origen de las distancias que se le aplican a literatura y política no son las mismas que entre aquella y la vida. Solemos repetir que tanto El Quijote como Madame Bobary sufren de un trastorno “literario” que confunde una con otra. No es necesariamente así. En el capítulo XXV del Quijote, Sancho debe entregar una carta de amor del Caballero de la Triste Figura —así la firma—a Dulcinea. El original esta manuscrito en el libro de memoria de un amigo, Cardenio, y Sancho debe hacer copiar la carta de su amo con un amanuense. Entonces surge la pregunta entre vida y escritura: la firma autógrafa no estará en la copia y Dulcinea jamás tendrá la certeza de su remitente. La respuesta del Quijote es lúcida: ella no sabe quién es el tal caballero, ni que éste la llama “Dulcinea” y no importa las dos anteriores porque ella tampoco sabe leer. Hacer la carta resulta un acto gratuito, como toda literatura. Para Sancho no es así: junto con la carta, El Quijote ha redactado, también, un traspaso de dinero para su fiel escudero. Ahí, sí se necesita la firma y es más por conveniencia práctica que por los fallidos amores de su patrón que Sancho insiste en su pregunta. Para el Quijote, vida y escritura son dos esferas separadas. A él sólo le interesa una, la que se desenvuelve en la página gratuitamente, porque sí. Como para todos los involucrados en el arte de escribir, leer es interpretar lo narrado, la ficción no es un simulacro sino una disposición.

La verdadera vida es la escrita, no la subsistida. Los fracasos, las expectativas, el aburrimiento, las rutinas, carecen de inteligibilidad en la vida. Sólo narrando la vida es posible encontrarla. Pero, ¿qué es lo que se narra? Yo diría que todo, que no importa qué. Los “puros” dirán que no, que hay restricciones, que la política no debe entrar en lo sagrado del acto literario. Yo escribo sobre el PRI, Díaz Ordaz, Televisa, Gutiérrez Barrios, y también, de mí mismo, los movimientos sociales, el Internet, el pene y los muros, las drogas y las máscaras. Jamás me atrevería a juzgar como “no literario” algo como la intimidad de un haz de luz en la tarde sobre tu almohada. Son los “puristas” los únicos censores. Para ellos habría prohibiciones basadas en sus propios prejuicios y reflejos. Los demás, creemos en la narrativa moderna, esa que puede tomar como tema a una señora de provincia que engaña a su marido. Con Flaubert –-al que Borges despreciaba—los personajes pueden ser cualquiera y los detalles tienen la misma jerarquía que las cosas, los animales y la gente. En Madame Bobary hay un fraude electoral, por ejemplo, así como un sillón puede ser relevante para Proust. La novela como la conocemos revolotea entre la significación de las palabras y su expresión, en un territorio de nadie en el que lo arbitrario es una forma de libertad. No existen temas “bajos” o “vulgares” ni palabras prohibidas. Lo “literario” no tiene ya una expresión particular. Es democrático porque le es indiferente el tema. Sólo puede preocuparse por lo verosímil, es decir, del convenio que se establece entre escritor y lector: a partir de este momento voy a contar una mentira que siempre te va a parecer una verdad. Ese hipnotismo de las letras.

Vida de un anónimo

Lo democrático –usado aquí como “indiferente”— de la literatura ha resultado en un papel político para ella. Como diría Jacques Ranciére, es el reparto de lo sensible. Con Flaubert, Dickens, Zolá, Balzac y su enorme estela, se hace visible lo antes invisible y audible el silencio. Los escritores tratan con los significados y son partícipes de la construcción de las ideas sobre el mundo, no hay escapatoria posible. Las razones son muchas pero la primera es, una vez más, el lenguaje. Un texto es político muy a pesar de los críticos y aun del mismo autor —norme que firma— porque su “politicidad” recae sobre todo en los lectores. Un mismo texto, pongamos un poema de Mallarmé, pudo ser interpretado como místico, liberal, o revolucionario. La lectura es la que politiza.

Pero hay otra razón que me interesa notar. Tiene que ver con la crónica –tan de moda en estos años—, que no es más que una forma de visibilización de lo que antes no entraba en el reparto de lo sensible: los campesinos indígenas, las mujeres, las protestas, las indignaciones o lo que se quiera: las pulgas en una escuela rural. Al ponerlos como personajes adquieren una esfera reservada antes a los príncipes, los militares de genio, las estrellas de cine. Los anónimos se hacen presentes y sus vidas pueden ser tramas. Es un viaje de la retórica a la sociedad en las que las cosas consideradas antes banales son síntomas, fantasmas, secretos por fin alumbrados. Como toda la narración, la crónica es un discurso de verdad en el que cualquier detalle puede ser historizado y poetizado. Lo desechado por ser “impuro” se convierte en palabras para lo que nunca fue escuchado. Son enunciados nuevos que amplían el reparto de lo sensible hacia una creación colectiva que antes fue anónima; de ahí su sentido democrático. Y, también, de ahí su efecto compensatorio. Si no fuera por las novelas, ¿en dónde más los anónimos serían protagonistas?

Las vidas de la historia

Un ejemplo de compensación simbólica es el pasado recontado. La diferencia entre una novela histórica y un texto de historia es que en una no se debe demostrar que alguien más narró antes lo que ahí se escribe. Me refiero a las citas, pies de página y bibliografías con las que la historia valida una sucesión de hechos. Para el texto académico, la verosimilitud estriba en un inaccesible primer testigo que certifica lo que hoy se dice. Para la historia, la narración anterior es originaria en el sentido en que es su única fuente de validación. En cambio, la novela histórica —y en general todo lo que llamamos “literario”—es un pensamiento desde otro lugar. Su legitimidad proviene de su mismo presente, es decir, de una cierta mirada. Se utilizan documentos, testimonios, pero también conjeturas, estados de ánimo, énfasis sobre detalles que nada significa para un historiador académico. Por eso la pregunta que se reitera al novelista —“¿Es verdadero lo que usted escribe?”— revela una incomprensión sobre los dominios, sobre las diferencias entre ambos discursos de la verdad. La ficción, no como simulacro, sino como disposición, contiene una forma de legitimidad que proviene de una mirada que se afirma en sí misma. Pero no sólo. Conjeturar dentro de una novela histórica es calcular lo factible dentro de los pasillos de los sucesos. Y los hechos, la mayoría de las veces, son más extraños que la imaginación. Lo que ocurre es que los mismos eventos tienen distintas validaciones: lo que para la historia académica es indiferente, para los novelistas es heterogéneo. En esa disposición diferente existe también un componente político. La palabra que se inscribe en las cosas contribuye a ciertas ideas sobre u mundo jamás inocente, donde casi nada puede esgrimirse como algo más que verosímil. No es que “lo verdadero” se desvanezca con la proliferación de las verosimilitudes, sino que se democratiza con distintas formas de certificarlo. Tómese, por ejemplo, la historia como sucesión de eventos causa-efecto y la novela que rompe con el tiempo lineal. O al hombre excepcional de la biografía académica, distinto del hombre-reflejo de la novela: aquel que encarna un rasgo generalizable a toda una mitología de lo anónimo. O, incluso, cómo la novela antepone el lenguaje a la simple y llana comunicación. Por eso pienso que la novela histórica parece verdadera, no por sus “fuentes”, sino por una mirada consistente, un sentido común que llamamos “literario”.

La vida inútil

Por encima, en efecto, no sirve para algo, sino para tantos efectos como lectores tenga. Ya hemos dicho que son los lectores, los espectadores, los que politizan una obra, los que ven en ella retratos de una época o de un estado de ánimo generalizable, los que extraen mensajes, las más de las veces no intencionales para su autor. La literatura no os cura pero nos ayuda a elegir nuestra enfermedad. Mallarmé, cuyos poemas han sido interpretados como místicos, reaccionarios y revolucionarios por los lectores de épocas opuestas, nos dejó una imagen en la que la inutilidad de lo escrito no existe de antemano. El negro sobre el blanco de la página invierte el alfabeto de las constelaciones, luminosas en la negrura. Lo único que puede reconciliar a estos dos espejos son los dados del azar.

 

 

Categoría: Letras Invitadas

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