Sigamos al Diablo, el gran señor del entusiasmo

Ganador del Premio de Ensayo Siglo XXI y El Colegio de Sinaloa, El demonio de la interpretación, de Gonzalo Lizardo, revisa la historia de cómo los hombres nos hemos enfrentado a los textos literarios

Lo propio del saber no es ver ni demostrar sino interpretar, asegura Gonzalo Lizardo en el libro: El demonio de la interpretación en el que a partir de los mitos de Hermes y de Fausto, revisa las maneras en que el hombre se ha acercado a los textos.

Sugiere Lizardo la enorme influencia de Hermes, -Dios griego de los ladrones y de los viajeros-, y de Fausto, -aquel que entrega su alma al diablo para tener acceso al conocimiento-; en las relaciones entre el texto y el lector, entre el individuo y la comunidad, entre el mundo y la palabra.

En estas líneas nos arriesgamos a intentar una interpretación de El demonio de la interpretación, de Gonzalo Lizardo.

Hermes, recuerda el autor, rige también los caminos que transita nuestra imaginación. Es un mediador entre los dioses, propicia el intercambio, el comercio, el amor, el diálogo y por tanto la interpretación.

Los cuatro principios herméticos comprenden la unión o desunión de contrarios, entender que la verdad no se encuentra en los opuestos sino en su conjunción. El uso de las correspondencias o analogías entre esos opuestos, por ejemplo: el cuerpo y el espíritu, la libertad y la necesidad. Establecen también el sincretismo que une las partes aparentemente más diversas y finalmente: el camino a la revelación, es decir, la interpretación.

Se trata de ejercer la abducción: “alcanzar una pérdida de la certidumbre para ganar en la multiplicidad de sentido. Perder la verdad cierta en favor de las verdades inciertas”. Señala Gonzalo Lizardo.

“El sentido de las fábulas nunca es literal, su significado no está dentro del texto, sino en el espíritu del lector, donde radican las metáforas, los símbolos, las asociaciones de imágenes que necesita el texto para ser experimentado, más que comprendido”.

Siguiendo a Fausto, “El diablo, Mefistófeles; es aquello que nos hace pensar, soñar, sentir. Esa mezcla de recuerdos verdaderos y falsos, de ideas y previsiones, de hipótesis y deducciones, de experiencias imaginarias, y cada una de nuestras voces diversas, que nos permite interpretar nuestro ser en el mundo.”

En el mismo Fausto: si ya el diablo tiene su alma, que por lo menos le conceda el placer de saber. El saber es peligroso y la caída irreversible, pero aún así, debe atreverse a saber. Para Goethe, El Mal, lo mismo que el Error, son productivos.

Lizardo nos advierte de los riesgos: Hermes puede por igual guiarnos o descarriarnos. Existe siempre la posibilidad de extravío o de sobre-interpretación.

Tan complejos son los enigmas que las respuestas jamás estarán en los extremos. ”Si al percibir proyectamos nuestros prejuicios, entonces no vemos las cosas como son sino como creemos que son. Para no ser enclaustrados por nuestra creencia, debemos dejar que las cosas y los libros ‘hablen’ y que nuestro entendimiento escuche de tal modo que lo así percibido corrija nuestros prejuicios”.

Se trata entonces, al interpretar el mundo que nos tocó leer, de lograr un movimiento libre alimentado por las emociones, de conciliar imaginación con intelecto. Si una de las funciones de la poesía es mantener viva la necesidad de conocer, de recordar, de amar, de actuar libremente. Se trata entonces de buscar una Epifanía, una parálisis del entendimiento provocada por la experiencia estética.

Sigamos al diablo, el gran señor del entusiasmo.

“A semejanza de la vida o la libertad, el verdadero Sentido (del amor y del dolor, del cuerpo y del alma, de la locura y de la muerte) sólo pertenece a quien sabe descifrarlo cada día y en cada libro. Aunque no siempre le suceda, aunque jamás dure por siempre”.

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